martes, 7 de julio de 2009

Dolores


Julio Olivera Oré


Porqué los gruesos espejos biselados,

las consolas y las alfombras coloreadas,

los muebles sillones, los candelabros de plata,

las arañas rutilantes y los cortinajes de seda?


Para que los óleos clásicos y los retratos severos,

los jarrones chinos y los cristales de bohemia;

la platería del comedor y el oro de las alcobas,

los grandes mamparones y el escudo de las paredes?


La casona solariega con sus jardines y huertos,

los servidores engominados y los pongos en las puertas.

Los padres dechasdos de hidalguía y majestad,

el cura del oratorio y el maestro de gramática?


Para qué? Para prohibirnos este amor sincero,

para proscribir la libertad del amor,

para condenar esta pasión que nos corroe

o para cortar las alas del ensueño?


Para qué el protocolo y la parsimonia,

los convencionalismos decadentes,

los plazos de larga espera

y las escenas latentes de la angustia?


Para que el ceremonial cortesano,

el permiso para cortejarte,

la antesala de las esperas

y la dama de compañía?


Para que la sederia de tu atuendo,

los polvos de magnolia y las esencias de dior,

los reflejos de tus cabellos

y el encaje de tus guantes?


Para que las música de los pianos,

las sonatas de Wagner, las serenatas de Shubert,

para que aquellas partituras melódicas de los violines

o las melodías angustiadas de Verdi?


Luego la misa del domingo,

la visita de los compadres,

el ágape en el huero

y el rosario de la tarde?


Esperar quince días para verte una hora,

asistir entretanto a los novenarios,

platicar con el cura o visitar a tus padrinos,

buscar a tu padre para prestarle pleitesía?


Para qué? Para qué acrecentar la ilusión,

para probar la constancia?

Para qué aquella dosis? Para serenar la pasión

o para ex altar la fantasía?

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